Salir de los sepulcros

                En el libro de Ezequiel existe la imagen de un pueblo de Israel muerto. En esta situación —metafórica— llegó la voz de Dios: “los sacaré del sepulcro, les daré mi espíritu para que vuelvan a vivir y los llevaré a la tierra prometida”. Este pasaje se cierra con la fortísima afirmación: “lo digo, y lo hago”.

La imagen coloca efectivamente a una población mermada y sepultada. Una vez muerto, no hay nada más que hacer. Se cerró el capítulo, y se continúa lo más decentemente posible, apañando el dolor por haber perdido a un ser querido. Sin embargo, es curioso que Dios dirija su palabra precisamente a un muerto, para revivirlo y rehabilitarlo. Este mensaje esperanzador es el que hoy la humanidad entera necesita oír.

 

Dios resucitó a Jesús

                La vida nos viene del hecho de haber recibido el Espíritu divino, que nos salvó de la muerte y que nos pone a orbitar, no alrededor de nuestras dinámicas egoístas, sino que nos abre a promover esta vida que llevamos dentro. Del pasaje de Ezequiel se nos ofrece como garantía fehaciente de que dejaremos vacíos los sepulcros gracias a que Dios es consecuente, es decir damos por cierto lo que afirma. En la carta a los Romanos la garantía es que Dios actuará con nosotros del mismo modo que lo hizo con Jesús: nos resucitará también a nosotros.

 

Cuatro días enterrado

                La cultura de un pueblo se mide —también— por el tratamiento que da a sus muertos. En tiempos de Jesús, entre muchos pobladores existía la creencia de que las almas de los muertos vagaban tres días entre ellos antes de abandonarlos definitivamente. Si era una creencia consolidada, entendemos ahora por qué aparece dos veces en el evangelio de Juan —una vez en boca de Marta— que Lázaro lleva cuatro días sepultados. Es decir, no hay nada que hacer. Ya se fue. Uno de los mejores amigos de Jesús, ahora está en manos de la muerte, quien lo aferró de tal manera que también apagó la esperanza de sus deudos. Por si fuera poco, el texto añade que se inició el proceso de descomposición corporal.

Dios saca de las tumbas a Israel, devolviéndole la vida y regalándole la tierra prometida. Este mismo Dios resucita a su Hijo al tercer día. Por su parte, Jesús vence rotundamente la muerte al traer de vuelta a la vida a Lázaro, después del cuarto día. La aparente fuerza aniquiladora de la muerte cede el paso al poder vivificante de Jesús. Este poder del Resucitado es el nutriente base de nuestra esperanza: Dios ama la vida.

 

Vengo del futuro

                El porvenir que el Señor nos ofrece es de Vida. Nuestra tarea es vivirnos como ciudadanos del futuro en este presente. La actualidad nos tiene sumidos en una pandemia que nos arrinconó a la fuerza. Por lo que a nosotros respecta, se vino a unir a otras pandemias de vieja data, empeorando el horizonte y contradiciendo a aquellos que pensaron que ya habíamos tocado fondo. De esta tumba nos sacará el Señor: sacó a Israel, a Jesús y éste a Lázaro… y a nosotros. Continuemos firmes en nuestra esperanza.