I

Escribo estas líneas mientras mi país intenta salir de otro black out eléctrico, que sumió a la mayoría de los estados en la oscuridad, encendiendo en la inmensa mayoría de los venezolanos la sensación de incertidumbre y desazón. Invadido por estos sentimientos, oro alrededor de las lecturas del Domingo, pidiendo al Buen Dios me conceda la gracia de llenarme de esperanza auténtica, que me permita vivir el cristianismo en mi tierra natal, predicando su Reino desde la educación.

 

II

Las lecturas son hermosas. En la primera, Josué sucede a Moisés pasando a relacionarse directamente con el Señor. El pueblo entra en la tierra prometida: la esclavitud de Egipto quedó atrás, e Israel celebra su liberación. Desaparece el maná; Israel comerá del fruto de su trabajo sabiendo que es Dios quien lo sostiene. Israel es libre, y el resultado de sus labores le pertenece.

Por su parte, la segunda lectura posee una novedad histórica: Jesús nos reconcilia con Dios, haciendo de todos nosotros hermanos suyos e hijos de Dios. De este modo de ser de Jesús se desprende una tarea que llega hasta nuestros días, es decir, debemos comportarnos de la misma manera que Él lo hizo. Debemos reconciliar al mundo con Dios. Se nos llama a ser portadores de la reconciliación divina; reconciliación que se ofrece gratuitamente.

Después, tenemos el capítulo quince del evangelio de san Lucas. Algunos lo han llamado “el Evangelio dentro del evangelio”. También se lo conoce como “el evangelio del hijo pródigo”. Es una parábola que Jesús dirige a quienes se creen mejores que los demás: un hombre tiene dos hijos. El menor decide abandonar el hogar, dilapida la parte de su patrimonio, cae en la desidia y, en el peor momento para él, vuelve a casa. Papá le abre sus brazos, feliz por el regreso del muchacho. Desbordado por la alegría de haber recuperado al hijo menor, decide hacer una fiesta para celebrar este hecho. El otro hijo, que se hallaba trabajando, al llegar a casa se da cuenta de la alharaca y se entera que es a causa de su inconsciente hermano que volvió. Contrariado por la recepción, se niega a entrar a casa. El padre sale por segunda vez a recibir al hijo mayor, invitándolo a contagiarse con sus sentimientos, pues su hermano estaba muerto y lo ha recuperado, estaba perdido y encontró el camino a casa. Ahí termina la historia contada por Jesús.

 

III

Cuaresma es sinónimo de “movimiento”, de “acción”. El objetivo es pasar “de” una situación o estadio, “a” otra situación diametralmente opuesta: de la esclavitud se pasa a la libertad. De la confrontación entre semejantes, se pasa a la reconciliación y al reconocimiento mutuos. Del estado de pecado e inhumanidad, se pasa a la dinámica del perdón y la recuperación de la propia dignidad.

Venezuela, paulatina y preocupantemente, se paraliza. Poco a poco, independientemente hacia dónde se dirija la propia mirada, nos daremos cuenta del desastre en acto. No existe un ámbito de nuestro cotidiano que medianamente funcione “como Dios manda”; todo es cuesta arriba. Este descalabro nacional atenta contra nuestra dignidad de personas, contra nuestra propia vida. La preocupación se encarama en nuestros hombros humillándonos.

Esta catástrofe supera cualquier otra situación imaginable o vivida. Por otro lado, da la impresión de que todo cambio a corto plazo se dirige al empeoramiento, al deterioro que nos conducirá a la calamidad, propia de países que han pasado escenarios de guerra. A esto último hay que añadir la ausencia de responsables y la ilógica postura que insiste en ufanarse de ser, por ejemplo, el país con las mayores reservas petroleras del planeta, pero incapaz, al final del día, de garantizar la distribución de energía eléctrica al territorio nacional.

El pueblo de Dios supo de la oscurana, producto de la esclavitud. Aceptó las sugerencias de Dios, y se puso en camino hacia la tierra prometida, donde su esfuerzo dio resultados humanizantes. Para ello, atravesó el desierto, padeciendo lo que esto supuso —tentaciones e infidelidades incluidas—, sosteniéndose mutuamente, manteniendo siempre el objetivo último. Y lo consiguieron.

La humanidad sabe de las tinieblas a raíz del conflicto, las diferencias no superadas, la no aceptación del otro o los otros, del odio irracional o las frustraciones no asimiladas. Jesús solo entiende de fraternidad, de relaciones humanizadoras, de crecimiento personal y social. Para ello, Él debe atravesar el desierto de su pasión, para que el mundo se reconcilie con Dios y consigo mismo. Es romper la lógica de la pugnacidad anteponiendo la reconciliación, es decir, la capacidad que poseemos los seres humanos de reconocernos, de entendernos, de llegar a puntos de encuentro antes de echar mano a la violencia o a la exclusión.

Los personajes de la parábola del padre misericordioso conocieron la opacidad y el dolor que ésta provoca: del pecado que desprecia el auténtico amor, el hijo menor; de la ausencia del ser querido, el padre; de no querer aceptar al otro, el hijo mayor. El reconocimiento de las propias faltas activa al hijo menor. El amor ilimitado nutre la esperanza del padre, y lo coloca a diario oteando el horizonte convencido de que un día vería despuntar la figura del pequeño, de igual modo que el sol sale a diario. Del hermano mayor, el evangelio no dice si entró o no al banquete en honor de su hermano. Él simboliza a los oyentes de la parábola de Jesús, que desprecian a los demás por sentirse superiores religiosa, ideológica y moralmente. Y por eso se justifican al subyugarlos, apartarlos, asesinarlos en definitiva.

El ambiente promovido por la dirigencia política, o resultado de sus desacertadas políticas, busca nuestra paralización. No podemos dejarnos arrastrar por el ambiente. Hemos de reaccionar cuaresmalmente a éste: el reconocimiento de lo que no está bien no aumenta la paralización, sino muy al contrario nos activa en la búsqueda de la solución definitiva de esta crisis nacional, sabiéndonos reconciliados con Dios. Una vez reconciliados, tenemos ante nuestros ojos los pasos a seguir, personal y comunitariamente.